Lejos de la vista de las metrópolis mundiales, vivo, en un lugar carente de sociedad, saciando la aversión que le tengo a las hordas citadinas. Allá en la esquina de un rincón olvidado me logro guarecer mientras pinto con fluorescencias, fosforescencias e iridiscencias, metáforas surrealistas de lo que constituye para mí el inframundo humano.
Repto entre bolígrafos sin tinta y cuadernos que se escriben solos, a veces logro verme reflejado en el fondo bruno de una taza de latón con café frío, pinto caótico, desgreñado, tantas veces triste, evidenciando lo deplorable de mi soledad infinita, evidenciando los efectos del olvido del mundo sobre uno, sacando a relucir los efectos del tiempo sobre el cuero. En los trozos esparcidos de un espejo roto veo distorsionado el fondo de mis ojos, descubro así lo desértico de sus paisajes, y veo que ya no quedan más oasis, todos desecaron después de tanto llanto.
Soy jurado enemigo del maldito pudiente, y vecino del sucio pedigüeño a la sombra del inclemente. Aquí, desde la otredad, logro entender el mecanismo de control de masas tan cínicamente ejercido en las altas esferas de esta doliente civilización, misma que ha transformado el panorama y le ha hecho ilustre matadero.
Búscole el por qué a la cotidianidad de una existencia mecánica, semioculto entre dilemas, falacias y demás problemas, consciente de que el mundo luego de contener harta mierda, tarde o temprano explotará.
