Adianis es una niña de catorce años que vivía en Centro América, Guatemala. Siempre muy estudiosa, callada, con una fuerte personalidad, intuitiva, curiosa y activa, practicaba todo deporte que pudiese, vivía con su madre, Danae que trabajaba todo el día para poder darle lo que necesitase a su hija; su padre las había abandonado al enterarse de las ultimas noticas de su pareja, en las cuales no quería formar parte.
Para Adianis no era un tema de tanta importancia, se enfocaba en lo suyo: estudiar, obedecer a su madre y ayudarla con el que hacer en casa, y el tiempo libre lo disfrutaba haciendo deporte. En la escuela era callada, amable y no le interesaba ser el centro de atención.
Esa mañana, todo marchaba como de costumbre, el despertador que estaba al lado de su cama en una pequeña mesa de noche junto a una pequeña lámpara con forma de una margarita color naranja que le había regalado su abuela, sonó. Adianis medio adormitada se levantaba, acomodaba de nuevo las sabanas que la tapaban y se ponía sus pantuflas rosadas, se dirigía al baño a tomar una ducha, al salir encendía la radio y mientras se vestía, cantaba las canciones de moda; se ponía su falda marrón, su blusa blanca de seis botones al frente, el sudadero marrón con el escudo de su escuela a la izquierda, sus calcetas bajas, blancas a los tobillos y sus zapatos combinados con el color del sudadero. Ya lista bajaba para desayunar, como era habitual su madre le dejaba el desayuno preparado antes de irse al trabajo, para cuando ella bajaba estaba todavía caliente con ese humito de recién hecho. Le encantaba aquella rutina puesto que su madre que trabajaba tanto, no compartían tanto tiempo y era una forma de decir: -Buenos Días mi preciosa-. El aroma del perfume de su madre quedaba en el ambiente y Adianis disfrutaba de aquello cada mañana como si fuese un beso o un abrazo; se apresuraba para cepillarse el cabello y los dientes, se ponía un listón en el cabello largo, ondulado y castaño con el flequillo a un lado y se disponía para otro día de estudio. El bus ya la esperaba, se subió y se dirigió a la escuela.
Todo transcurrió como siempre; desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde. Era ya la hora de salida, Adianis se dirigía hacia los buses cuando un chico la detuvo. -¿Qué hora tienes?- le pregunto ella solo pudo responder dudosa: – Son las tres y cuarto-. Gracias dijo el chico y se marcho. Para cuando ella reconoció al muchacho, ella instintivamente ya estaba en el asiento del bus; en el transcurso de la escuela a su casa dio quien era y se dijo Paul… El chico jamás le había prestado atención y ella sentía una extraña atracción hacia el pero nunca estuvo determinada a querer entablar una relación con él o tan siquiera hablarle.
Adianis se consideraba una niña muy diferente a las demás, no es muy dada a ir a fiestas o ir a reuniones por la tarde con sus amigas, prefería hacer cualquier deporte o leer un buen libro sobre criaturas mágicas; de vez en cuando invitaba a dos de sus amigas a casa, Anahe y Naria. Hacían las tareas por la tarde para luego con una merienda ver una película.
En el bus Adianis pensaba cuando: Tiempo atrás, cuando tenía apenas nueve años se había desmayado; nadie sabía excepto ella que de alguna forma había pasado algo extraño con su apariencia externa y al percatarse ella de esto se había desmayado, su madre había escuchado su caída que corrió a verla, la había encontrado a los pies de la cama tumbada en el suelo como si se hubiese caído de la misma, al despertarse su madre estaba a su lado; fue un desmayo común y corriente causado tal vez por estrés o cansancio, en todo caso –a todos nos pasa-. Le dijo.
Al bajarse del bus se despidio de sus dos amigas, camino por el césped de su casa y se dirigio a la cocina, tenía tanta sed que fue en lo único en que pensó desde que llega, zaceo su necesidad y noto algo extraño en el ambiente. – ¡Mamá!- grito pero no obtiene respuesta. De repente suena el timbre de la casa y se apresura para averiguar quién está en la puerta. Es su abuela y parece preocupada. – ¿Qué pasa abuela?-. Pudo decir. –Tienes que sentarte niña- le contesto. Adianis intuía que algo andaba mal, obedeció a su abuela y caminaron hacia la cocina, mientras lo hacían lo único en que pudo pensar es en que las noticias que trae su abuela tienen que ver con su madre y por la expresión en la cara de su abuela no son muy buenas. Se sentaron, el vaso de agua todavía esta medio lleno, su abuela lo movio hacia el centro de la mesa cuadrada de madera, tomo las manos de Adianis con firmeza pero con dulzura y dijo:
-Tu madre, dijo. Cuando Adianis escucha estas primeras palabras lo sabe y sus ojos se ponen un poco brillosos. …Tu madre continúo: tuvo un accidente -Adianis solo podía esperar a oír lo que venía-. Un accidente camino aquí hija, un joven se paso una luz roja y golpeo a tu madre por el costado de su auto en el área del copiloto, por la velocidad que llevaba el joven tu madre dio vueltas y quedo atrapada en la carrocería del auto; se que lo que acabas de oír es fuerte pero necesito que seas aun mas fuerte pues ella sigue consiente de alguna forma y ha pedido verte, no sé cómo pero… – los ojos se le llenaron de lágrimas.-continuo- …tenemos que irnos. Adianis no pudo más, temblaba como una hoja y se echo a llorar mientras va en camino abrazada cariñosamente por su abuela, las dos iban destrozadas pero había que ser fuertes decía la abuela, Adianis solo la escucho.
Llegan al lugar del accidente, cuando bajan del automóvil se pudo observar claramente que ha sido grave, hay pedazos de carrocería y los restos de lo que había sido el vidrio frontal. La madre de Adianis se encuentra atrapada entre la carrocería y un poste de luz, que se había doblado y había caído encima del auto en ese mismo lugar a causa del impacto. El cuerpo está en el asiento del piloto, la madre auxiliada por los paramédicos que habían hecho su mejor esfuerzo por hacer que fuera un poco mas cómodo y no quedara expuesta al pavimento y los vidrios entre estos y ella pusieron una manta, de la cintura hacia arriba. Estaba todavía sentada y su cuerpo salía un poco, lo poco que pudieron hacer. Adianis corrió hasta ella y se acostó a su lado.
-¡Mamá! ¡Mamá!- pudo decir, mientras las lágrimas no dejaban de brotarle de sus ojos ya enrojecidos.
-Adianis…- dijo con cierta dulzura pero con tristeza. –Hija tienes que ser fuerte. Por el momento no siento mucho; pero quiero que sepas que te amo mucho y que siempre te cuidare desde donde este, siempre me llevaras contigo, no me perderás…- no pudo terminar pues Adianis interrumpió diciéndole: ¡No me dejes Mami, no todavía, te necesito! ¡Te necesito, por favor!-. Danae la interrumpió tomándole la mano para tranquilizarla y hacerla callar con ternura. –Tienes que escucharme. Tendrás que elegir mi vida; pero no dejes que tu mente sea la que guie, a tu corazón siempre debes escuchar y dejarte llevar. Adianis mi niña llena de luz divina…en ti esta la solución de Quimera…Busca en ti y encontraras tu forma…Recuerda que seré tu ángel, quiebra todas las reglas que conozcas, mírame mi niña de luz divina, no necesitas mas. Sé que no dudaras si escuchas…El mundo no es lo que es, toma el riesgo. Confía en ti. Me llevaras contigo aunque mi cuerpo no esté en tierra. Eres mi maravilla…-. Fue su última frase… su último aliento…Aquellas palabras Adianis las recordaría siempre pero al momento no les entendía…
No entendía como había llegado a aquel lugar, lo único que recordaba era la playa, unas criaturas majestuosas, intimidantes pero hermosas. Sus recuerdos eran borrosos, su vista era nublosa y apenas pudo mantenerse medio consiente por cinco segundos hasta que desmayo de nuevo. Despertó, en Vargo. La examinaron, la veían como algo insignificante, extraño y sin duda una criatura que no era un dragón y mucho menos de su mundo; lo único que pudieron observar era que la criatura era de sexo femenino.
Sin duda alguna era un lugar exorbitante; no había más que un continente, ocupaba casi la mitad del globo, Quimera era un lugar con grandes extensiones, montañas que abarcaban casi todo el continente, por no ser que toda la orilla del este era una playa gigante, hacia el sur estaba Ferzian la montaña de los dragones negro, la montaña del hielo; hacia el oeste estaba Carkien; hacia el norte se encontraba Tultlian, en el centro se encontraba Pathian, al lado de Tultlian se encontraba Vargo la montaña de los viejos, sabios dragones, tenían un color bronce era significativo de su vejez.. Cinco montañas que tenían tantas criaturas posibles e inimaginables, la vegetación era una locura, con flores de todos los colores, tamaños y formas, la vegetación era extensa desde arboles de más de cien metros de altura, hasta los más pequeños que median tan solo diez centímetros. Tantos frutos, de seguro muy extraños para la tierra una rareza, eran demasiado grandes y otros demasiado pequeños para que un humano pudiese comerlos; tendría que ser habitado por una serie de criaturas de diversas dimensiones. Lo llamaban el continente de los dragones.

Me gusto la imaginacion de los nombres y la idea en general. Solo que no entran en el contexto de Guatemala… a menos que vaya a ser importante en el desarrollo, simplemente no diria donde viven antes del accidente. Ojala que en serio haya segunda parte…
siento que vas por buen camino a algo interesante.
Espero yo tambien que la haya, pero por el momento estan como ideas…
Gracias!