Es en este preciso instante cuando un equilibrio me parece utópico, pues el caos reinante en los laberínticos recovecos de mi mente está creando una brecha entre lo irreal y lo tangible. Por veces regreso la mirada hacia mis adentros, y logro observarme desde un punto perdido, etéreo, y aunque trato de abrir los ojos y empujarme fuera de ese trance, ni mi boca logra articular un mísero alarido. Siento en mis carnes el abrazo exangüe de las sombras, millares de espejos en los que no veo mi reflejo abaten a mi raciocinio en una confusión soberana.
Inyectadas de pánico, intuyendo las lágrimas lo inevitable del fin, huyen despavoridas de los ojos que a partir del caos no han logrado cerrarse. La boca zurcida, incapaz de proferir ni un solo pío, acá se pierden hasta los gemidos en el vacío. En la obscuridad del aposento mental, bien aguzados los oídos, escuchando en violentos alaridos, lúgubres súplicas, afligidas solicitudes de almas menesterosas de muerte.
Se alcanza a dibujar en lo más espeso de lo obscuro, el contorno de una sombra a mi persona, semejante. Ilumina de un fulgor grana encendido lo ennegrecido de mi bóveda craneana, de su boca escapan palabras de fuego que prenden en llamas mi cuerpo entero, sacándome de un estupor muy singular. Poco a poco se consumen mis pieles con el apetito voraz de las brutales flamas, encenizado y moribundo aún alcanzo a observar a través de la macabra pira, como en nefastas circunstancias… acabé con mi vida.
