Hay problemas en la vida que pueden tomarse como el viento que une las ramas de los árboles. Con ellas, se juntan sus hojas para no sentirse solas. A veces las ráfagas juntan hasta a los árboles mismos, quienes pretenden vivir de la comida que ellos mismos hacen. Si no existieran los fuertes vientos, ellas no conocerían las caricias y vivirían aisladas en su mundo de autosuficiencia. Quizá los humanos fuimos así algún tiempo, hasta que nos dieron a probar aquello por lo que se ha vivido y, según la reseña histórica, se ha manifestado y llegado hasta la muerte en su busca.
Un día una mujer me dijo que podría responder a mi pregunta más profunda si tan solo la tomaba de la mano. Movido por mi curiosidad, la envolví en un abrazo hasta que susurró de una manera nueva para mí: “Si Dios nos hubiera dado alas y el poder para volar, habitaríamos los cielos y sería más difícil encontrarnos cuando nos necesitamos.”
Por lo que agradecí a los cuatro vientos por haberme llevado a su lado.
