Cada mes, semana, día, hora, minuto, segundo… constituyen medidas humanas para esa dimensión que llamamos “tiempo”. Inmersos nos vemos en él, sus efectos nos hacen crecer, nos ayudan a sanar, a pensar de mejor manera, a soñar… y eso aunque muchos no sepan si se trata de algún fenómeno, entidad, mágica criatura, o extraña dimensión.
En las bibliotecas que constituyen la memoria colectiva de nuestra especie, salta a la vista el hecho que utilicemos al tiempo como una panacea capaz de sanar las más profundas heridas, sean psicológicas o físicas, cuya aplicación causa un efecto anestésico sobre las mismas. Esas cicatrices que quedan, van a constituir un repertorio vivo de experiencia que aumentará nuestra sabiduría.
Son las reminiscencias, toda aquella evocación que se hace de algo que ya pasó y se ofrece a la memoria, o a grosso modo, recuerdos. Ese tesoro propio que cada mortal tiene, en lo más profundo de su mente, cuya posesión le es indispensable para poder llevar una vida plena.
Dichosos todos aquellos que se deleitan en recordar todo aquello que les hace sonreír, y apiádese quien sea de las pobres masas que se atormentan en los laberintos de su mente y hacen de sus memorias un violento minotauro, o búsquese brindar confort a todos aquellos “pobres recordadores” que tanta ansia tienen de recordar…
La noción que se tiene sobre la existencia sobre todo eso que conocemos, constituye una fantasmagórica representación mental de todo lo que nos rodea. Podemos entonces convertirnos en fantasmas mentales o ángeles guardianes, cosa que todos hacemos con toda persona al conocerla. Todos somos memorias de otros, espectros que deambulamos en el subconsciente de nuestros semejantes.
Hay quienes escuchan a sus recuerdos hablar, y uno que otro inclusive entabla con ellos algún diálogo un tanto extraño. Esas introspectivas sirven para poner en evidencia posibles complejos o manías, turbulentos miedos o fantasías, y otorgan a todo aquel nauta de lo mental, un conocimiento más pleno de sí mismo.
Las malas vivencias, pueden incluso llegar a corroer los aislantes psíquicos con los que hemos cubierto la esencia de nuestra mente. Si entonces el hombre permite que todas aquellas malas memorias, antagonistas nuestros, sicarios de sueños, kamikazes del negativismo, se coronen como el germen mismo de ese miedo a recordar, comenzará entonces la cosecha de lágrimas, y en ese régimen de melancolía donde poco a poco irán debilitándose los recuerdos, el olvido será alzado como dictador.

Me recuerda a recordar… interesante tu punto de vista mano.
Recordar… malas vivencias…. antagonistas… cosecha de lágrimas… melancolía.
Nos recuerda a recordar.
Las reminiscencias de aquellos momentos en que solíamos ser felices son la semilla de la cosecha de lágrimas, melancolía, el recordar que pronto no será el protagonista de tu pensar… me gustó mucho.
Muchas gracias Made, Lixa y Ángel… creí necesario el hacer un texto para hacer énfasis en la necesidad de “recordar nuestros recuerdos” (valga la redundancia), porque es algo fundamental para crecer como persona, para que aprendamos de los errores cometidos, para que esas alas invisibles que tenemos batan cada vez con más fuerza.
Bueno, muy bueno… me recuerda a una persona que le hubiera gustado mucho leerlo… Peter, gracias por hacer que con estas palabras lo recordara esta noche, aunque no pueda entablar conversaciones con mi recuerdo, su voz esta grabada con fuego en mi mente… gracias.