Nerviosamente desmenuza sus sueños de crío, consigue conservar en cloroformo ciertos tabúes y contradicciones, libera ciertos espectros antiquísimos, y encierra entre paréntesis los restos de su corazón. En la penumbra del sitio perdido, enciende una varita de incienso marroquí, con el que lentamente empieza a adormecerse por el efecto sedante del aroma, y así pierde la noción del tiempo y lugar en los que se halla.
Aunque adormitado, descubre que las sombras le envuelven completamente el cuerpo, y un escalofrío le recorre el espinazo. El dulce aroma del incienso le llena los pulmones, la atmósfera aunque un tanto obscura y fría, es placentera, y el tiempo pareciera correr a ritmo suavísimo, de manera tan lenta que pareciera detenerse. Respira profundo, cierra y abre los párpados lentamente, como queriendo descubrir qué es lo que ocurre… y así, cree descubrir en los círculos de humo que escapan de la tea encendida, siluetas femeninas que emergen de lo más profundo de la noche, como vírgenes de humo.
Figuras femeninas, seductores entes de vapor, delicadísimos son sus cuerpos, frágiles seres que parecen no existir, pero poseen esencia. Poco a poco le hechizan con una danza olvidada, y cascabeles marcan los bamboleos de sus caderas, y un par de bongos sazonan el ritmo tribal de esta danza voluptuosa.
No tienen edad ni origen, y no viven bajo estandarte alguno… y hasta tienen la dicha de ser eternas. Han tratado en vano, el solo, el triste, el idiota y hasta el intelectual, de estrujar en ambos brazos, a estas míticas féminas, pero ninguno ha podido hacerlo, pues desaparecen al ojo y tacto de todo aquel que les desea.
Son vírgenes, vírgenes de humo, fantasmas de antaño que visitan al solitario en el clímax de su soledad, efigies humanas de contornos suavizados, como vivas esculturas formadas de la misma atmósfera que envuelve a la soledad. Nublan el raciocinio de los melancólicos, les empujan al mismo altar de la irrealidad, a los cuerdos llevan a los bordes de la locura, al analítico envuelven en una nube que ofusca su pensar y le atraen hasta lo más básico de su persona, al instinto.
Atraen sutilmente a su presa, y hacen de todo hombre, un incauto. Recorren el cuerpo como suaves caricias de aire, ingresan a la psique con una danza hechicera, roban la voluntad y alma del abstraído, y sin dejar rastro, se marchan en suspiros…

Eso explica las inspiraciones repentinas… jaja.
Jajaja, las musas, sean corpóreas o incorpóreas, al artista inspiran de sobremanera.