Mil y un aguijones se clavan en el núcleo de un corazón remendado, un negro líquido corrompe completamente a los dolidos ventrículos, que incesantes bombean el maldito pesar al ente ensombrecido por duelo. Un magnánimo viajero de lo absurdo entre las sombras, que acompasa sus pasos con los de una musa divinal. Una excelsamente negra noche los baña de obscuridad, en la mente de él un solo pensamiento, sacarse de su interior un vil tormento.
Y acomplejado por los tabúes de su subconsciente, no se anima a desclavar la sagita melancólica que le sangra el pecho a diestra y siniestra. Pero un súbito flujo de sangre a su cerebelo, lo confunde con marañas de un sentir antes extrañado, que sacrificado en una roca de lo ignorado, a rastras encuentra las huellas de su amada. Se envician pues todos los sentidos, y se blanquea el concepto que antes contemplaba.
De repente lo invade una sublime necesidad de curación que le obliga a proferir su cariño inocente, pero luego manchado del escarlata amor insulso, comienza a pensar de su coraza un cruento castigo. La incólume musa lo observa sorprendida, no se imaginaba el pesar que a él ensombrecía, pero titubeante lanza una mirada al cielo, y un trueno resuena atronador para los adentros del viajero. Se paraliza su espíritu, un pánico impío le roba control de su movimiento, y comienza a vaticinar un general descontento, con lo que a continuación el cielo a punto de lágrima se encuentra.
La musa le relata de una forma sensata, reflexiva y cuidadosa en las palabras que escoge, la situación en la cual se encuentra, contra la espada y la pared. Le cuenta como su corazón late en sintonía de otro que él desconoce, y de cómo no es posible el aceptar su buen augurio.
Se despide y accede de buena manera las palabras de la hermosa, y promete no enfuriarse, no llorar. Pero un vacío le invade las entrañas, en la esquina la soledad con sus dos alas rotas le presagia la siguiente semana de su vida, vivir acompañado de la fría voluntad del hado. Ahora su vida pende de un hilo, con las manos atadas al destino conmueve los ojos del cielo, y así como el infinito llora y se lleva consigo las heridas de la tierra, la lluvia le lavó el pesar y el duelo, y sólo le quedó el alma blanquecina.
Él comprende que lo necio no es recomendable, y que es mejor cavar un agujero en el jardín, y enterrar allí la reluciente armadura, librarse de su espada y escudo resquebrajados y renunciar a la lucha que estaba por librar. No es cobardía, es una filosofía reflexiva, pero siempre existe ese no sé qué despiadado que socava las costillas.
Como último deseo, le pregunta a la luna lo que debe hacer, y ésta le responde:
“Muestra lo que sientes, no guardes innecesariamente los sublimes sentimientos que dentro de tu alma acorazas, muéstralos así como el cielo fulge con sus arcoiris. Que la vida siempre es sabia en su consejo, y protege la buena voluntad del corazón. Y no temas llorar, pues siempre que los ojos derramen lágrimas sobre la tierra, el cielo llorará contigo y lavará tus cicatrices.”
El ideal de todo cruento guerrero es la victoria, y aunque no todas las veces lo que se gane sea la pelea, uno siempre termina haciendo historia. Tengo presente en la mente que la luna vela toda esperanza, aún tan lejana, pero siempre tan cerca.


¡La Luna es muy sabia! No sé… se me ocurre que hay que escucharla… Peter me sorprende realmente como describes cada pensamiento y cada sentimiento, haces cosas sorprendentes con las palabras, esto me gusto mucho…
Muchas gracias Rufis, esto lo escribí hace unos dos años… tremendos pesares me embargaban, me gusta mucho el drama…
Vaya si no es drama hahaha. Bastante bueno, mano, no se si rezas a San Rae en tu tiempo libre o qué, pero sea lo que sea que hagas seguilo haciendo porque es como parte tuya utilizar palabras oscuras. Es como lo más enriquecedor de leerte.
Algunas veces es mejor guardar nuestros sentimientos porque podemos herir a muchas personas. Muy bien escrito como siempre Peter.
Gracias, gracias… jejeje.