Que aquellas pasiones que recordábamos, ahora no son más que viejas películas en el desván de la concupiscencia. Otrora dioses del celuloide, ahora reptamos por entre el polvo, acertando a adivinarle el futuro a los viajeros arrogantes que arrojan un par de monedas y una mirada de soslayo a nuestra desdichada naturaleza.
Que te olvides de todo, que ya todos son nadie… que no hay cosa más grande por la cual esperanzarse, que por la nada. Que según cuentan las mujeres de fe, ya estás exorcizado, y que no importa por qué demonios blasfemabas en latín.
Ya los diarios imprimen sólo en tinta sangre, y las viudas tallan con los huesos de sus maridos un par de versos en las paredes de los mausoleos. ¿Qué le ocurrió a este mundo? La realidad no es otra más que la que percibes con tu psique, ¿qué tan neuróticos nacimos? Y ah… ¡los niños!, criaturas inocentes, que inconscientemente enternecían la inconsistencia de tu subconsciente, ahora te persiguen y quieren tronchar la luz de tu alegría… ¿qué les ocurre?
Regálame esa lágrima, que tengo sed de llanto. Ocúltame esa sonrisa, ya verás como sufro por conseguirla.
