[ Elden ]
Al bajar del avión el viento golpeó con fuerza mi rostro. Un jovencito de veintidós años ayudó a bajar mis maletas de la parte de atrás. Tener un helicóptero privado no era tan malo después de todo.
Había aterrizado en la parta más recóndita del bosque, en medio de un claro. Abajo George me saludo con una mano desde muy lejos. Me acerqué con cuidado ya que ninguno de los que estaban presentes sabía que portaba un arma en mi espalda, oculta bajo mi camisa y mi enorme abrigo.
Todos a mí alrededor eran como George, excepto yo.
- Hola – le saludé dándole un fuerte abrazo – ¿Cómo esta mi padre? ¿Ha dicho algo al respecto a mi misión?- me gustaba llamarles misiones a lo que hacía en ese tiempo.
- Pues no a dicho nada importante – dijo George mientras se acomodaba los lentes sobre el puente de la nariz – Él esta completamente convencido de que es lo mejor. Tú eres el único de todos nosotros que es capaz de pelear contra él, tú eres el único que lo conoce del todo.
- No lo conozco del todo – negué con voz ronca – solamente sé quien es y todo lo que ha hecho.
- Si. Pero tú eres el único que ha sobrevivido a su ataque. Solo tú puedes enfrentarle.
- Sobreviví, es cierto. Pero desde ese momento llevo una maldición sobre mí.
- No hables así de ti mismo – me regañó, lo mismo que hacía mi padre cuando me maldecía, porque, prácticamente eso estaba haciendo – Tú no tienes la culpa de nada. Fue un accidente que nadie pudo predecir y que, lamentablemente, no tiene solución.
- Exactamente por eso, por ese “accidente” es que no estoy seguro de hacerlo… no se si podré verlo a los ojos después de lo que… lo que…- la voz se me quebró y sin poder controlarme me puse a temblar de rabia al recordar la imagen de Alexander en mi mente, con su mirada ida y su último respiro…
- Tranquilízate – susurró George tomándome del brazo con suavidad y sacándome de mi recuerdo – Si lo haces todo cambiara, lo prometo. Podrás dejar atrás ese fantasma que te ha perseguido por todos estos años. Ten confianza en ti mismo y has lo que creas correcto.
- Gracias, tío – dije mientras cerraba los ojos con suavidad; no quería abrirlos y llorar frente a George. Lo cual, después de todo lo sucedido muchos años atrás, nunca creí posible de hacer. – Tomaré un Taxi en la ciudad y me iré a casa, bueno, a la casa en donde viviré ahora.
Cuando abrí los ojos mientras levantaba la mirada, George me sonreía como un padre a su hijo.
-Buena suerte – dijo con un suspiro y se alejó para llegar a su auto, que se encontraba del otro lado del claro. Antes de irse sonó el claxon como ultima despedida, y, aunque lo volvería a ver, sabía que me esperaba un largo camino que recorrer y lo tendría que hacer solo, completamente solo, sin nadie que estuviera cerca para ayudarme. Solamente tenía a mi familia, del otro lado del mundo, apoyándome desde muy lejos.
George solamente había llegado ahí para despedirse y desearme buena suerte, no se quedaría conmigo.
El sonido de los autos pasando frente a mi y el asqueroso olor a combustible quemado me lastimaban la nariz y los oídos. Alcé la mano para parar un taxi frente a mí y me subí de inmediato, no podía soportar aquello por más rato.
- ¿Hacía donde se dirige? – preguntó el hombre de mediana edad en el asiento del piloto.
- Voy a PowellTown, a la calle Black Rose – me sentía extraño hablando con alguien tan diferente a las personas que conocía, como mi familia. Nunca me había subido a un taxi así que me resultaba un tanto incómodo estar dentro de ese pequeño auto, en compañía de un humano.
- Serían… veinticinco dólares. –dijo el hombre después de hacer las cuentas mentalmente.
- Está bien – respondí, tenía suficiente dinero para comprar una casa dentro de unas de mis tantas maletas.
Él encendió el auto y comenzó a conducir tan lentamente que me daba ganas de hacerlo yo, pero no podía precipitarme a causa de algo tan insignificante.
A mitad del camino, la lluvia se hizo presente. Llovía a cantaros y el ruido me tranquilizaba. Agradecía que el chofer no tuviera música puesta, ya que mis oídos tenían suficiente ya con el sonido del motor. Sin razón alguna ese día mis sentidos estaban más sensibles que nunca. Quizá era porque el demonio dentro de mí sabía que estaba cerca de su amo, tan cerca que podía sentir su empalagoso olor… Agite la cabeza en desaprobación de aquel pensamiento.
Tenía tan solo dos días para ambientarme antes de entrar a la escuela, aunque esta idea me resultaba repugnante con tan solo pensar en ella. El día del accidente tenía veinte años, así que en la vida normal debería que estar en la Universidad, pero ahora tenía que hacerme pasar por un chico de diecisiete, con problemas de autoestima y amorosos. Y, aunque era algo totalmente ridículo para mí, era necesario hacerlo para poder llevar a cabo mi cometido.
El hombre dio un frenazo tan fuerte que logró sacarme de mi concentración. Con cara de enfado me gire hacía él.
- ¿Ya llegamos? – pregunta tan conocida por películas y por la vida cotidiana que me daba gracia, pero resistí las ganas de reír.
- Si. – contestó él. Doblo la mano hacía atrás para que le diera su paga. Le extendí un billete de cincuenta dólares que tenía en mi bolsillo y baje del auto.
- ¿No quiere que le ayude? – preguntó, pero con algo de pesadez, reteniéndome en la puerta tomándome de la muñeca, su tacto me desagrado un poco. Sus manos era pegajosas a causa del sudor y la textura de su tez era tan áspera que quité de inmediato en brazo. Algo me decía que si aceptaba, mis maletas estaban en peligro de caer, abrirse y mostrar todo lo que llevaba dentro. No. Eso no me convenía en nada.
- No, gracias. – susurré con voz tranquila. Él se encogió de hombros y se dispuso a darme el vuelto del billete. – Quédese con el cambio. Considérelo… una propina.
Bajé con una sonrisa en los labios. Aquel hombre me había divertido al ofrecerme su ayuda, aunque sabía que no quería hacerlo, su deber lo ombligaba. Los humanos eran tan predecibles.
Abrí el baúl y saque las cinco maletas que llevaba. El agua me empapaba y caía hasta granizo pero no sentía frío en absoluto, más bien me refrescaba aquel mal tiempo que hacía; me iluminaba la mente hasta dejarla en blanco.
No más cerré el maletero el taxi salió huyendo. Llevé las maletas de dos en dos hasta el porche y las dejé ahí. Rebusqué en mi abrigo y encontré la reluciente llave. Abrí la puerta y me adentre a mi nuevo hogar.
Más tarde entraría mi equipaje.
Cuando encendí las luces un enorme recibidor me dio la bienvenida. Un juego de sofás de colores blanco y negro, mis favoritos, eran la única decoración. Caminé hasta la cocina y la encontré vacía, de comida, ya que no la necesitaba. Había luz y agua, tiempo antes había pensado que me costaría tomar un baño en un pueblo como este, pero estaba equivocado.
En vez de comedor había un pequeño estudio detrás la sala, en el cual había una puerta corrediza que llevaba al bosque detrás de la casa.
Subí al segundo piso como si ya viviera ahí, encendí el interruptor al tocar el último escalón. Tal y como lo había querido, tan solo mi habitación se encontraba en la segunda planta del edificio. Un baño al lado derecho y una librera y otro escritorio al lado izquierdo eran lo único que necesitaba, a parte de mi cama, por supuesto.
Con una media sonrisa en los labios corrí y me lancé al aire. Controle la fuerza del impacto ya que sino hubiera roto la cama al caer. Era suave, tal y como lo había pensado. Marco en serio sabía todos mis gustos, me sorprendía tanto como alguien podía conocerme tan bien. Sonreí de placer al abrazar una de mis almohadas hechas de suaves plumas de ave.
Al no sudar, no necesitaba bañarme, pero el olor de desodorante de auto y el sudor del chofer del taxi estaban impregnados en mi piel, así que un buen baño no me iba a hacer daño alguno. Bajé de nuevo y me dirigí a la sala. Pasé por esta y abrí la puerta de golpe. Me sorprendí mucho al ver a una anciana en la entrada, con un pie en las manos, el cual olía exageradamente a manzana y canela. Con desagrado arrugué la nariz al olfatear aquello.
-Hola, jovencito. – me saludó la señora – Bienvenido al vecindario, soy la Sr. Harrington. Vivó a la vuelta de la esquina – señaló con un arrugado dedo índice al la señal de alto trece metros a mi derecha – Puedes venir a mi casa si deseas algo. Por ahora he traído un pequeño regalito.
Levantó el pastel para que pudiera olerlo mejor seguramente ella lo llamaba delicia mientras que yo pensaba más en algún tipo de toxina. Tomé el pastel con las manos, tratando de ocultar mi desagrado, y le agradecí mientras cerraba la puerta con el pie cuando ella ya se iba.
La casa se había llenado por completo de aquel olor. Los humanos creaban armas mortales para mí. Además, pensaba que eso de los pasteles y galletas ya no se hacía, pero al juzgar por la edad de la señora, tal vez unos setenta u ochenta años, los viejos tiempos seguían presentes aun en la modernidad de la vida.
Conecté el refrigerador y guardé el pay dentro, de todos modos no lo iba a comer. Más tarde se lo daría a un indigente o algo por el estilo.
Caminé a la sala y abrí la puerta, sin antes asegurarme de que la viejecita que se hacía llamar Sra. Harrington no estaba detrás. Al salir tomé todas las maletas y juntas las empujé hacía dentro. De milagro cupieron por la puerta. Abrí una de ellas sobre unos de los sofás y, efectivamente, mis cosas de baño estaban ahí. Mi olfato no fallaba en casos de búsqueda. Me consideraba mitad sabueso y mitad humano, bueno, casi humano.
Llegue a mi habitación y con toalla y shampoo en mano me dirigí al baño cuando de pronto el timbre de mi celular me sacó a la realidad. Saque el teléfono de uno de mis bolsillos y conteste rápidamente.
-Elden, hijo… - me sorprendió un poco oír su voz, tan delicada y suave.
- Hola, padre. ¿Cómo has estado?
- Bien- parecía preocupado, llevaba un tiempo con ese tono aunque a toda persona de mi familia a quien le preguntaba me lo negaba rotundamente. – He estado pensando… ¿Estas seguro de que quieres hacer esto, Elden?
- Es mi deber – respondí, aunque una punzada de duda toco mi mente – Debo hacerlo.
Trataba de convencerme a mi mismo de que así era, pero algo me decía que si quería podía dejar todo como estaba y alguien más lo haría por mí.
- En ese caso. Te deseo suerte.
- ¿Solamente por eso llamas? – le espeté enojado. -¿Para asegurarte que lo haré? ¿Padre?
Un silencio turbio inundó nuestras voces.
- No. - dijo al fin- Simplemente quería saber si mi hijo esta dispuesto a hacer algo por capricho mío. Además, quería saber cómo estás.
- Perfectamente, aunque un poco asqueado a la idea de ir de nuevo a la escuela.
- Tómalo como un pasatiempo – podía imaginarme aquella sonrisa triste plasmada en su rostro. – Tómatelo con calma, muy pronto acabara. Lo que si te pido es que lo lleves a cabo discretamente. ¿Harías eso por mí?
- Ni lo preguntes, no lastimaré a nadie. Lo prometo.
- Entonces, pongo mi confianza en ti. Pero eso si, para estar tranquilo promete también que trataras de alimentarte bien para que todos salgan ilesos de esto.
- Estoy bajo control, padre. No te preocupes por mí.
- Entonces, adiós, te llamaré cuando todo esto termine. – su voz seguía fría, distante.
- Adiós, padre…
Cuando colgué apreté con fuerza el celular y después lo arrojé contra la cabecera de la cama y con crujir de metal y vidrio el aparato se rompió en decenas de pedazos. Expresando así, mi ira.
Entré al baño y colgué la toalla en la vara de la cortina. Tras poner el shampoo dentro de la ducha encendí la regadera mientras espera a que el baño se llenara de vapor, para así, darme un poco de calor, un poco de lo tanto que necesita en ese momento.
Después de quitarme el abrigo y la camisa y envolver mi arma en esta misma, con un suspiro, cerré la puerta. Cuando me gire, me encontré contemplándome en el espejo colocado sobre el lavamanos. Este me mostraba mi dorso desnudo, y en el, justo a lado del ombligo, el tatuaje de Les Yeux Vert me recordaba al clan al que pertenecía y la realidad con la que tendría que vivir día a día.