Fuentes web
Entradas
Comentarios

Te espero o te dejo ir…

Me encuentro ahogada en mis lagrimas; mis pensamientos me tientan y decepcionan…¿Será cierto lo que temo, será verdad?

Sé que mis actos fueron imprudentes, incorrectos y estúpidos pero en verdad mi corazón se arrepiente del daño causado y es cuando más sincerado esta y cuando mas rechazado se siente…

No soporto el dolor por veces y tus palabras me hieren más que nunca. Me enoja el recordar la actitud, esa persona que trate de ser, lo que trate de sentir y mis actos.

No quiero huir pero por momentos no quiero seguir derramando lágrimas a mitad del día; no quiero bailar con tristeza en mí… estando en el salón, viendo mis zapatillas y no poder aguantar esas lágrimas cayendo de nuevo… Te necesito, te amo y ahora me doy cuenta ¿Cómo? ; hice mal y ahora no se qué hacer conmigo…  Te espero o te dejo ir…

Hay momentos en los que  hieres; sé lo que hice y me siento terrible, mas no necesito que lo recuerdes; no quiero escuchar algo que yo misma me dije…

¡Duele tanto que no te imaginas cuanto! Ya no aguanto y aquí estoy… ¿Qué debo hacer?…

Te espero o te dejo ir…

Sin embargo no eres el mismo, me dices que te importa cómo me encuentre mas no haces nada cuando duele…

Sé que mi corazón lo que más desea es esperarte pero hay momentos donde me quiebro en llanto sin poder controlarlo…

La noche de siete cae y tu ni sientes que siento… un juego, un día, una noche, unos amigos, unas palabras, unas cuantas lágrimas mas…

Me digo a mi misma cada noche secando esas lagrimas que empapan mi rostro, suspiro…”mañana será mejor, mañana volverá”… Mi corazón sigue creyendo y sé que el tuyo también es la mente que te hace juegos y dice no… No encuentro solución más hubo una proposición. Intentarlo, yo te doy mi mejor y ¿tú?

Te espero o te dejo ir…

“Quién pasa por alto la ofensa, crea lazos de amor; quién insiste en ella aleja al querido”

Te diré: estaré aquí, no me lastimes más, intenta de verdad y verás pero si no ves más entonces dime “no más”; entenderé, será lo más duro que haré…

¿Puedo?

Quiero verte sonreír mientras la lluvia cae en nuestros rostros. Estas de pie frente a mí, mi corazón late más fuerte cada vez que damos un paso al frente. . . Te veo a los ojos y tras unos instantes nuestros labios se unen con un estruendo de caricias llenas de un te amo; tú con toda ternura acaricias mi rostro, mis brazos te abrazan al cuello y tus manos lentamente rodean mi cintura con tremenda dulzura… Tú llevas la promesa de lo nuestro, el lazo indestructible entre tú y yo; seguro vale la pena pelear, estoy absolutamente segura y adonde tú quieras voy… ¿Puedo?

Calla

Piensas en hablar… decir no más de lo que necesitas desahogar.

Piensas en pasar desapercibido una vez más.

Mientras yo pienso solamente en ti.

En ti y en tus labios carmesí, tan susceptibles a cualquiera… menos a mí.

Sin pretender robar aquel beso celestial del que tanto me has puesto a escuchar, me acerco a ti hasta donde me lo permiten tus reglas, tan imposibles de quebrantar.

¿Qué espero oír?, me pregunto una vez más, ¿la explicación que querías dar?

Te giras hacia mí con aquella sonrisa sin igual.

Mis manos tiemblan a la espera de ti, ocultándose detrás de mí.

Sabes muy bien que decir pero tus ojos dudan una vez más.

Te acercas, casi puedo sentir tu aliento en mi rostro.

Espero… solo quiero…

“Calla”, me susurras mientras tus labios hacen temblar mi oreja que has aprovechando robar ahora que mis ojos se han ido un momento, ocultos bajo mis parpados. Todavía me hablas al oído, como cuando éramos niños. “Calla tus pensamientos, déjalos en el olvido”.

Medito tus palabras sin saber que decir, sorprendida, cohibida. Aún con la mirada cerrada pero amenazando con abrirse en par en par.

“Simplemente… calla. Deja de pensar”.

“Si dejara de pensar no te vería a ti y tu rostro tan sutil”, las palabras han sido no más que un susurro, un susurro perdido entre millones, la mayoría míos.

El carmesí de tus labios vuelve a mí. Deseos rotos por mi cobardía retornan a mi pensar, regresando a ser míos otra vez.

Mientras tu risa hace abrir mis ojos, con un leve suspiro, tú, tan perfecto, te acercas aun mas… esperando lo que yo también soñé alguna vez y, que ahora, quizá, se hará realidad.

Pero siendo sincera no sé como actuar.

Tu respiración topa con la mía y me hace cosquillas. Sonrío tratando de pensar con claridad.

Tus ojos, azules como el mar; los míos, negros como la nada.

Asimilo tu sonrisa con la situación; has pasado por esto tantas veces que ya no mereces estar nervioso.

“He pasado por ello…”, dicen tus labios casi rozando los míos, cierro los ojos no quiero mirar.”Ahora, calla, y déjate llevar”

Mis labios saborean los tuyos y los tuyos separan los míos con aquella dulzura que nadie puede negar.

Pero increíblemente me veo muy sorprendida por su sabor y… la decisión que has tomado tan rápido y sin pensar.

Un embriagante olor a miel recorre mi garganta hasta impregnar su esencia en ella, aun así sigo sin querer abrir mis ojos y romper la magia como siempre lo haré.

¿Qué pensarás de mí, que simplemente soy eso, una niña que nunca ha recibido un beso?

Mis brazos recorren con timidez el gran camino hasta tu  cuello en donde mis dedos se sienten reconfortados al tocar tu pelo.

“¿Quisieras dejar de analizar?”, tu voz suena distante mas tus labios están muy presentes en ese mismo instante ahora que sonríes y te ves feliz. “Simplemente calla… y déjame llegar hasta donde tu quieras estar”

[ Elden ]

Al bajar del avión el viento golpeó con fuerza mi rostro. Un jovencito de veintidós años ayudó a bajar mis maletas de la parte de atrás. Tener un helicóptero privado no era tan malo después de todo.

Había aterrizado en la parta más recóndita del bosque, en medio de un claro. Abajo George me saludo con una mano desde muy lejos. Me acerqué con cuidado ya que ninguno de los que estaban presentes sabía que portaba un arma en mi espalda, oculta bajo mi camisa y mi enorme abrigo.

Todos a mí alrededor eran como George, excepto yo.

- Hola – le saludé dándole un fuerte abrazo – ¿Cómo esta mi padre? ¿Ha dicho algo al respecto a mi misión?- me gustaba llamarles misiones a lo que hacía en ese tiempo.

- Pues no a dicho nada importante – dijo George mientras se acomodaba los lentes sobre el puente de la nariz – Él esta completamente convencido de que es lo mejor. Tú eres el único de todos nosotros que es capaz de pelear contra él, tú eres el único que lo conoce del todo.

- No lo conozco del todo – negué con voz ronca – solamente sé quien es y todo lo que ha hecho.

- Si. Pero tú eres el único que ha sobrevivido a su ataque. Solo tú puedes enfrentarle.

- Sobreviví, es cierto. Pero desde ese momento llevo una maldición sobre mí.

- No hables así de ti mismo – me regañó, lo mismo que hacía mi padre cuando me maldecía, porque, prácticamente eso estaba haciendo – Tú no tienes la culpa de nada. Fue un accidente que nadie pudo predecir y que, lamentablemente, no tiene solución.

- Exactamente por eso, por ese “accidente” es que no estoy seguro de hacerlo… no se si podré verlo a los ojos después de lo que… lo que…- la voz se me quebró y sin poder controlarme me puse a temblar de rabia al recordar la imagen de Alexander en mi mente, con su mirada ida y su último respiro…

- Tranquilízate – susurró George tomándome del brazo con suavidad y sacándome de mi recuerdo – Si lo haces todo cambiara, lo prometo. Podrás dejar atrás ese fantasma que te ha perseguido por todos estos años. Ten confianza en ti mismo y has lo que creas correcto.

- Gracias, tío – dije mientras cerraba los ojos con suavidad; no quería abrirlos y llorar frente a George. Lo cual, después de todo lo sucedido muchos años atrás, nunca creí posible de hacer. – Tomaré un Taxi en la ciudad y me iré a casa, bueno, a la casa en donde viviré ahora.

Cuando abrí los ojos mientras levantaba la mirada, George me sonreía como un padre a su hijo.

-Buena suerte – dijo con un suspiro y se alejó para llegar a su auto, que se encontraba del otro lado del claro. Antes de irse sonó el claxon como ultima despedida, y, aunque lo volvería a ver, sabía que me esperaba un largo camino que recorrer y lo tendría que hacer solo, completamente solo, sin nadie que estuviera cerca para ayudarme. Solamente tenía a mi familia, del otro lado del mundo, apoyándome desde muy lejos.

George solamente había llegado ahí para despedirse y desearme buena suerte, no se quedaría conmigo.

El sonido de los autos pasando frente a mi y el asqueroso olor a combustible quemado me lastimaban la nariz y los oídos. Alcé la mano para parar un taxi frente a mí y me subí de inmediato, no podía soportar aquello por más rato.

- ¿Hacía donde se dirige? – preguntó el hombre de mediana edad en el asiento del piloto.

- Voy a PowellTown, a la calle Black Rose – me sentía extraño hablando con alguien tan diferente a las personas que conocía, como mi familia. Nunca me había subido a un taxi así que me resultaba un tanto incómodo estar dentro de ese pequeño auto, en compañía de un humano.

- Serían… veinticinco dólares. –dijo el hombre después de hacer las cuentas mentalmente.

- Está bien – respondí, tenía suficiente dinero para comprar una casa dentro de unas de mis tantas maletas.

Él encendió el auto y comenzó a conducir tan lentamente que me daba ganas de hacerlo yo, pero no podía precipitarme a causa de algo tan insignificante.

A mitad del camino, la lluvia se hizo presente. Llovía a cantaros y el ruido me tranquilizaba. Agradecía que el chofer no tuviera música puesta, ya que mis oídos tenían suficiente ya con el sonido del motor. Sin razón alguna ese día mis sentidos estaban más sensibles que nunca. Quizá era porque el demonio dentro de mí sabía que estaba cerca de su amo, tan cerca que podía sentir su empalagoso olor… Agite la cabeza en desaprobación de aquel pensamiento.

Tenía tan solo dos días para ambientarme antes de entrar a  la escuela, aunque esta idea me resultaba repugnante con tan solo pensar en ella. El día del accidente tenía veinte años, así que en la vida normal debería que estar en la Universidad, pero ahora tenía que hacerme pasar por un chico de diecisiete, con problemas de autoestima y amorosos. Y, aunque era algo totalmente ridículo para mí, era necesario hacerlo para poder llevar a cabo mi cometido.

El hombre dio un frenazo tan fuerte que logró sacarme de mi concentración. Con cara de enfado me gire hacía él.

- ¿Ya llegamos? – pregunta tan conocida por películas y por la vida cotidiana que me daba gracia, pero resistí las ganas de reír.

- Si. – contestó él. Doblo la mano hacía atrás para que le diera su paga. Le extendí un billete de cincuenta dólares que tenía en mi bolsillo y baje del auto.

- ¿No quiere que le ayude? – preguntó, pero con algo de pesadez, reteniéndome en la puerta tomándome de la muñeca, su tacto me desagrado un poco. Sus manos era pegajosas a causa del sudor y la textura de su tez era tan áspera que quité de inmediato en brazo.  Algo me decía que si aceptaba, mis maletas estaban en peligro de caer, abrirse y mostrar todo lo que llevaba dentro. No. Eso no me convenía en nada.

- No, gracias. – susurré con voz tranquila. Él se encogió de hombros y se dispuso a darme el vuelto del billete. – Quédese con el cambio. Considérelo… una propina.

Bajé con una sonrisa en los labios. Aquel hombre me había divertido al ofrecerme su ayuda, aunque sabía que no quería hacerlo, su deber lo ombligaba. Los humanos eran tan predecibles.

Abrí el baúl y saque las cinco maletas que llevaba. El agua me empapaba y caía hasta granizo pero no sentía frío en absoluto, más bien me refrescaba aquel mal tiempo que hacía; me iluminaba la mente hasta dejarla en blanco.

No más cerré el maletero el taxi salió huyendo. Llevé las maletas de dos en dos hasta el porche y las dejé ahí. Rebusqué en mi abrigo y encontré la reluciente llave. Abrí la puerta y me adentre a mi nuevo hogar.

Más tarde entraría mi equipaje.

Cuando encendí las luces un enorme recibidor me dio la bienvenida. Un juego de sofás de colores blanco y negro, mis favoritos, eran la única decoración. Caminé hasta la cocina y la encontré vacía, de comida, ya que no la necesitaba. Había luz y agua, tiempo antes había pensado que me costaría tomar un baño en un pueblo como este, pero estaba equivocado.

En vez de comedor había un pequeño estudio detrás la sala, en el cual había una puerta corrediza que llevaba al bosque detrás de la casa.

Subí al segundo piso como si ya viviera ahí, encendí el interruptor al tocar el último escalón. Tal y como lo había querido, tan solo mi habitación se encontraba en la segunda planta del edificio. Un baño al lado derecho y una librera y otro escritorio al lado izquierdo eran lo único que necesitaba, a parte de mi cama, por supuesto.

Con una media sonrisa en los labios corrí y me lancé al aire. Controle la fuerza del impacto ya que sino hubiera roto la cama al caer. Era suave, tal y como lo había pensado. Marco en serio sabía todos mis gustos, me sorprendía tanto como alguien podía conocerme tan bien. Sonreí de placer al abrazar una de mis almohadas hechas de suaves plumas de ave.

Al no sudar, no necesitaba bañarme, pero el olor de desodorante de auto y el sudor del chofer del taxi estaban impregnados en mi piel, así que un buen baño no me iba a hacer  daño alguno. Bajé de nuevo y me dirigí a la sala. Pasé por esta y abrí la puerta de golpe. Me sorprendí mucho al ver a una anciana en la entrada, con un pie en las manos, el cual olía exageradamente a manzana y canela. Con desagrado arrugué la nariz al olfatear aquello.

-Hola, jovencito. – me saludó la señora – Bienvenido al vecindario, soy la Sr. Harrington. Vivó a la vuelta de la esquina – señaló con un arrugado dedo índice al la señal de alto trece metros a mi derecha – Puedes venir a mi casa si deseas algo. Por ahora he traído un pequeño regalito.

Levantó el pastel para que pudiera olerlo mejor seguramente ella lo llamaba delicia mientras que yo pensaba más en algún tipo de toxina. Tomé el pastel con las manos, tratando de ocultar mi desagrado, y le agradecí mientras cerraba la puerta con el pie cuando ella ya se iba.

La casa se había llenado por completo de aquel olor. Los humanos creaban armas mortales para mí. Además, pensaba que eso de los pasteles y galletas ya no se hacía, pero al juzgar por la edad de la señora, tal vez unos setenta u ochenta años, los viejos tiempos seguían presentes aun en la modernidad de la vida.

Conecté el refrigerador y guardé el pay dentro, de todos modos no lo iba a comer. Más tarde se lo daría a un indigente o algo por el estilo.

Caminé a la sala y abrí la puerta, sin antes asegurarme de que la viejecita que se hacía llamar Sra. Harrington no estaba detrás. Al salir tomé todas las maletas y juntas las empujé hacía dentro. De milagro cupieron por la puerta. Abrí una de ellas sobre unos de los sofás y, efectivamente, mis cosas de baño estaban ahí. Mi olfato no fallaba en casos de búsqueda. Me consideraba mitad sabueso y mitad humano, bueno, casi humano.

Llegue a mi habitación y con toalla y shampoo en mano me dirigí al baño cuando de pronto el timbre de mi celular me sacó a la realidad. Saque el teléfono de uno de mis bolsillos y conteste rápidamente.

-Elden, hijo… - me sorprendió un poco oír su voz, tan delicada y suave.

- Hola, padre. ¿Cómo has estado?

- Bien- parecía preocupado, llevaba un tiempo con ese tono aunque a toda persona de mi familia a quien le preguntaba me lo negaba rotundamente. – He estado pensando… ¿Estas seguro de que quieres hacer esto, Elden?

- Es mi deber – respondí, aunque una punzada de duda toco mi mente – Debo hacerlo.

Trataba de convencerme a mi mismo de que así era, pero algo me decía que si quería podía dejar todo como estaba y alguien más lo haría por mí.

- En ese caso. Te deseo suerte.

- ¿Solamente por eso llamas? – le espeté enojado. -¿Para asegurarte que lo haré? ¿Padre?

Un silencio turbio inundó nuestras voces.

- No. - dijo al fin- Simplemente quería saber si mi hijo esta dispuesto a hacer algo por capricho mío. Además, quería saber cómo estás.

- Perfectamente, aunque un poco asqueado a la idea de ir de nuevo a la escuela.

- Tómalo como un pasatiempo – podía imaginarme aquella sonrisa triste plasmada en su rostro. – Tómatelo con calma,  muy pronto acabara. Lo que si te pido es que lo lleves a cabo discretamente. ¿Harías eso por mí?

- Ni lo preguntes, no lastimaré a nadie. Lo prometo.

- Entonces, pongo mi confianza en ti. Pero eso si, para estar tranquilo promete también que trataras de alimentarte bien para que todos salgan ilesos de esto.

- Estoy bajo control, padre. No te preocupes por mí.

- Entonces, adiós, te llamaré cuando todo esto termine. – su voz seguía fría, distante.

- Adiós, padre…

Cuando colgué apreté con fuerza el celular y después lo arrojé contra la cabecera de la cama y con crujir de metal y vidrio el aparato se rompió en decenas de pedazos. Expresando así, mi ira.

Entré al baño y colgué la toalla en la vara de la cortina. Tras poner el shampoo dentro de la ducha encendí la regadera mientras espera a que el baño se llenara de vapor, para así, darme un poco de calor, un poco de lo tanto que necesita en ese momento.

Después de quitarme el abrigo y la camisa y envolver mi arma en esta misma, con un suspiro, cerré la puerta. Cuando me gire, me encontré contemplándome en el espejo colocado sobre el lavamanos. Este me mostraba mi dorso desnudo, y en el, justo a lado del ombligo, el tatuaje de Les Yeux Vert me recordaba al clan al que pertenecía y la realidad con la que tendría que vivir día a día.

Caníbal

Los vacíos, los abandonos, las soledades, todos alienan poco a poco, dispersan la mente, predan con el subconsciente, desmembran toda identidad, producen ausentes. Y vuélvese uno caníbal, merienda corazones, apetece vorazmente la carne y las pieles, y sólo de orgías sacia su hambre desmedida. Pero la constante práctica lasciva va insensibilizando, haciendo al propio espíritu pirar del cuerpo, y así brotan los súcubos e íncubos sociales.

No alquilo amores por miedo a constatar de faz y absoluto, que sale caro el amar soluto, que duele mucho el virtual encuentro, que no satisface la mecánica rutina, que gradualmente el corazón se arruina. Pero busca uno sagazmente el modo de salir avante, pintando el cielo color granate, dejando por doquier la huella escarlata.

Reniego de ser sólo un cuerpo más, un rígido y frío cadáver para disfrute, un autómata preprogramado, un amor desechable. Sabe tú, que no soy paliativo para serenar tus males, pues no tienen mis manos la dosis exacta de morfina que tus heridas tan ferozmente reclaman. Sabe tú, que mi sustancia no alcanza para llenar lo vasto de tu vacío, ni el calor de mi linfa la crudeza de tu frío.

Pero prosigue el demontre con la hecatombe, segando vidas, haciendo réprobos de todos, sentenciándonos al abandono…

Ácido

Lejos de la vista de las metrópolis mundiales, vivo, en un lugar carente de sociedad, saciando la aversión que le tengo a las hordas citadinas. Allá en la esquina de un rincón olvidado me logro guarecer mientras pinto con fluorescencias, fosforescencias e iridiscencias, metáforas surrealistas de lo que constituye para mí el inframundo humano.

Repto entre bolígrafos sin tinta y cuadernos que se escriben solos, a veces logro verme reflejado en el fondo bruno de una taza de latón con café frío, pinto caótico, desgreñado, tantas veces triste, evidenciando lo deplorable de mi soledad infinita, evidenciando los efectos del olvido del mundo sobre uno, sacando a relucir los efectos del tiempo sobre el cuero. En los trozos esparcidos de un espejo roto veo distorsionado el fondo de mis ojos, descubro así lo desértico de sus paisajes, y veo que ya no quedan más oasis, todos desecaron después de tanto llanto.

Soy jurado enemigo del maldito pudiente, y vecino del sucio pedigüeño a la sombra del inclemente. Aquí, desde la otredad, logro entender el mecanismo de control de masas tan cínicamente ejercido en las altas esferas de esta doliente civilización, misma que ha transformado el panorama y le ha hecho ilustre matadero.

Búscole el por qué a la cotidianidad de una existencia mecánica, semioculto entre dilemas, falacias y demás problemas, consciente de que el mundo luego de contener harta mierda, tarde o temprano explotará.

Gusto por el Silencio

Estaba allí, sentada y con la vista perdida. Parecía que examinaba cada rasgo de la pared, cada mancha, cada grieta, cada historia escondida. Distante, absolutamente alejada.

Las personas que se encontraban en la misma habitación paseaban y reían ruidosamente entre ellas, lo único que sentían de aquella extraña, era el calor que su cuerpo emanaba.

¿Qué hacía allí? ¿Acaso la conocían? Todos la veían, todos mostraban curiosidad, todos tenían las mismas dudas; sin embargo, nadie las presentaba, nadie comentaba, nadie veía más allá de lo que querían ver.

Las damas se pavoneaban elegantes y sutiles haciendo gala de sus mejores atuendos. Ella seguía allí, inmóvil, su vientre se contraía cada cinco segundos a causa de su respiración; ese vientre cubierto por un vestido negro, floreado con impresiones de tulipanes. Vestimenta algo descolorida, uno que otro hilo colgando, y ¿Esos tulipanes? Parecían marchitarse, en parte por el evidente desgaste de la ropa, en parte por la nostalgia que reflejaba su mirada. 

La mano sobre la frente, una frente con aspecto pegajoso debido al sudor seco;  las rodillas presionadas entre ellas dejando entre los pies un enorme espacio (pose que exhibía cierta incomodidad), codo sobre el descanso del sillón, pelo suelto extremadamente lacio dejando expuestas algunas canas. La vida pasó por ella, pero ella no pasó por la vida.

 Un mundo a su alrededor, y ella seguía siendo su propio universo. Un ambiente ruidoso, olvidando aquel gusto oculto que sentía por el silencio. Esa fémina que llevaba el pasado a tuto, no estaba consciente que de sus ojos brotaban estrellas y que de sus exhalaciones se desprendían claves de sol.

 

081009

Bécquer

En una ocasión me preguntaste:

-¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a que propósito había yo hablado algunos momentos antes de mi pasión por ella.

-¿Qué es la poesía?- me dijiste…

Ella le preguntó a él que es la poesía, el tartamudeo, deliberó, dejó que su mente divagará entre explicaciones absurdas, y al final decidió que la poesía era ella, tan gran era el amor que sentía por ella que se atrevió a compararla con su gran pasión, tanto así la amaba, y tanto así te amo yo, que busco entre los versos de este enamorado, palabras para traducir cada uno de mis sentimientos.

Estoy segura de que la vio a los ojos, a sus pupilas azules como el cielo de la noche,  así contemplo yo tus ojos, guardianes de grandes misterios. Por ella Becquer prometió grandes hazañas, por ella cambiaría su vida, por velar su sueño arriesgaría los suyos, él por ella y yo por él.

Cuando se clavan tus ojos en un invisible objeto, y tus labios ilumina de una sonrisa el reflejo; por leer sobre tu frente el callado pensamiento que pasa como la nube del mar sobre el ancho espejo, diera, alma mía, cuanto deseo:  La fama, el oro, la gloria, el genio.

Si este último verso fuera mió, si fuera para ti, describiría mis deseos, describiría mis anhelos. Becquer no se hubiera enamorado de ella ¿en donde habrían quedado estos versos? Si su amor imposible no hubiera existido, ¿Quién habría escrito estos versos?

Tú eras es huracán, y yo la alta

Torre  que desafía su poder

¡Tenías que estrellarte o abatirme!…

¡No pudo ser!

No podrá ser….

Sueña

Oh habla alma mía,
ven y dime lo que quiero oír,
aunque sea solo una mentira
que me permita de la verdad huir.
Enjuaga lentamente mi apatía,
en el manantial de lo surreal,
y corea esa dulce melodía
que pinta el horizonte de matiz boreal.
Aunque materialice la utopía…
sin de mi mismo poder escapar…

Que tus ninfas acaricien el arpa celestial
para que mí sentido permaneciendo dormido,
mis lógicas rayando en lo sobrenatural,
Y el recuento de mis genios perdidos,
sean temporales
Aunque no exista lo material….

Sueña, sueña que sueña
mientras cae poesía vertical
en el texto que de a poco se adueña
de la curiosidad del triste mortal.

Deseos

Música mezclada con café, café mezclado con música, vino y viento, viento de noviembre, suave y cálido y de fondo el sol casi moribundo, más vivo que nunca; la naturaleza que no falla y llena de sutileza un momento tan tenso, la naturaleza no falla y le ha regalado esos ojos tan expresivos, tan expresivos que puedo leer a través de las barreras que le pone a sus sentimientos. Él y los deseos, él y mis deseos, la naturaleza y sus reparos, yo y mis reparos. Si los latidos de mi corazón no se confundieran con los sonidos, y si lo imposible se volviera sublime, si pudiera refugiarme entre tus brazos, sin miedo, y abandonarme al sentimiento, sentir tu aroma más cerca, y tu piel rozando la mía, refugiarme en tus caricias, y olvidar….

Entradas antiguas »