Los recuerdos atravesaban uno a uno mis sentidos, quemando todo a su paso como flechas ardientes, dejándome con cada vez menos sitios en los cuales esconderme. Mi corazón comenzó a sentirse inquieto, sabía que había regresado. Abrí mis ojos y estaba nuevamente sentada sobre el sofá azul de terciopelo.
-¿Qué crees que lo hace diferente?
El hecho de que crees amarlo o el hecho de que le inventes una personalidad diferente para no sentirte tan idiota – Ella ríe fríamente.
Sí, ha regresado para mofarse de mi humanidad.
Me levanté, tomé mi chaqueta, abrí la puerta y me marché. La noche era fría, y la luna se ocultaba de mis ojos.
Al estar lo suficientemente lejos, tomé asiento y respiré profundamente. Ella había plantado una gran duda en mi cabeza. Coloqué mi rostro entre mis manos y masajeé mis sienes, claro…como si eso lograra borrar los pensamientos.
-No me harás seguirte toda la noche para poder hablarte ¿Verdad? –
-Aunque quisiera, no podría ocultarme de una plaga – Mi tono era malhumorado
-¿Ocultarte? Pero si tú misma me has invocado al actuar de una manera tan absurda –
Exhalé por mi boca mientras movía impaciente mi pie. Aunque intente negarlo, cada vez que tengo cerca su presencia, hay algo en mí que siente como se acomoda en su lugar, es como encontrar aquello que recordaba perdido, pero estuvo dentro de mí, más no presté atención.
Comencé a caminar lentamente, dejando un espacio en el aire, para que me acompañara en el trayecto. Recorrimos el camino en silencio, de una manera extraña…disfrutábamos estar juntas.
La muerte se detuvo y sumergió sus pies en el agua; habíamos llegado al Lago de Vida, su nombre se debía a una leyenda en la cual se creía que en el fondo, existía un paraíso de almas.
Me senté a su lado y cerré por un momento los ojos, en la oscuridad de mi mente intentaba imaginarme su rostro, y mi piel intentaba recordar sus caricias.
-¿No consideras que es momento de olvidar hasta su nombre? Es decir, sigo sin comprender la importancia que le brinda un mortal a un sentimiento sin fundamento, peor aún, que ni siquiera tiene alguien que lo reciba; es como escribir una carta sin destinatario –
-Sencillas palabras de una boca que nunca ha experimentado la sensación inigualable del contacto con otra, sencillo sentimiento para quien no siente otra cosa que su propio ego –
Su mirada penetra la mía, se pone de pie y se posiciona detrás de mi cuerpo.
-¿Nunca te interesó saber cómo ven más a fondo estos incoherentes sentimientos de “sufrimiento por amor” los ojos de la muerte? –
-De hecho, cualquier sentimiento –
-Entonces déjame mostrarte –
En cuestión de segundos, la muerte había tomado mi cuello y hundía mi rostro en el agua, sentí como rápidamente mis pulmones se vaciaban, habían burbujas en todas partes, veía como cada una de ellas se transformaba en ojos que observaban fríamente lo que me pasaba; mientras más luchaba, las manos de la muerte lograban hundirme con mayor fuerza, mis últimos soplos de vida se transformaban en más espectadores, y mis fuerzas fueron disminuyendo, en el momento que decidí dejar de luchar, la muerte me sacó bruscamente del agua.
Mis manos completamente temblorosas sintieron la tierra mojada, y mis pulmones intentaban administrarme aire lo más rápido que mi boca y nariz lo permitían.
Tranquilamente, se agachó a donde yo estaba.
-¿Les enviaste mis saludos? Hace mucho que no bajo a saludar –
La mire con asco; como pude me levanté recuperando el aire y las fuerzas poco a poco.
-Eso es lo que veo, literalmente te mostré lo que es ahogarse en un vaco con agua. Mientras más intentas escapar, más te hundes, el pánico y la frustración de no poder salir, terminan por consumir tu razón para lograr una salida más lógica; miles de espectadores esperan que te hundas para que te unas a ellos y así sentirse mejor con ellos mismos y justo cuando comienzas a resignarte, hay algo o alguien que te saca; jadeando, débil y cansada intentas ponerte de pie e intentas seguir adelante. ¿Ves? No es tan difícil, no tiene que llegar a quedarte sin aire, para poder pensar y encontrar una nueva dirección –
Tambaleándome al caminar, lograba avanzar, en cada paso que daba, escuchaba como ella se acercaba, no podía correr, mi cuerpo no reaccionaba ante mis órdenes, seguía avanzando, avanzando, avanzando y podía seguir escuchándola detrás de mí.
Me detuve al no escucharla más, regresé la mirada y ya no estaba.
El viento intentaba acobijarme entre sus brazos, pero mi cuerpo mojado no era capaz de recibir su calor. La luna se asomaba entre las copas de los árboles, su luz comenzaba a iluminar mi camino; quizá sintió compasión de mí, o simplemente se había escondido por temor a la que era mi acompañante.
Mis fuerzas parecían regresar, fijé mi vista al frente y sonreí, ya estaba cerca de casa.
-¡Finalmente! Estaba comenzando a pensar que alguien en el camino pudo haber hecho mi trabajo, ¿Te imaginas el grado de ofensa? – Exclama mientras se pone de pie.
La sonrisa no me había durado mucho tiempo, faltaba poco para llegar y tenía que encontrar la forma de deshacerme de ella, estaba cansada, necesitaba respirar lejos de su presencia.
Seguí caminando y ella continuaba hablando. Para qué escuchar sus dudas transformabas en quejas sobre todo aquello que no entendía del ser humano.
Abrí la puerta y comencé a subir los escalones, si tan solo estos me transportarán a un mundo diferente.
-¿Te has fijado que la misma persona en ti provocó mi regreso? Quizá deba visitarle a él también –
Estas palabras lograron penetrar mi indiferencia.
-¡Vete al infierno! – exclamé cerrando la puerta de mi habitación con fuerza.
-Pero si ya estoy en el – afirmó entre risas. –El mayor castigo del ser humano, es convivir con su misma especie y verse mutuamente destruir todas aquellas herramientas que le permiten su existencia – Su voz provenía, del sitio en el que se encontraba el sofá.
Sonreí sarcásticamente mientras la observaba por encima del hombro.
-No eres mejor que el peor humano que existe –
Dejó de sonreír y su cuerpo se transformó en un enorme manto negro, sus ojos se pusieron completamente oscuros y su boca se abría cada vez más mientras se acercaba rápidamente; Desperté agitada, vi el sofá, ella se había marchado.
Me levanté con un sentimiento diferente para no invocarla nuevamente, recorrí la habitación y en una esquina del sofá encontré la siguiente nota:
No siempre despierto a los mortales para llevarme sus almas, decidí meterme en tus sueños y a tu despertar, desaparecer; pero no sin antes, dejarte algo de mí, en ti.
Leí su nota a diario, intentaba comprenderla para poder descubrirla en mí.
Durante el día, mis sentimientos eran estándar, mis sentidos se recuperaban de las quemaduras de flecha y la vida…comenzaba a brindarme una visión distinta.
Me asomé a la ventana y entonces la vi reflejada, y finalmente comprendí; que la muerte es todo aquello que intento bloquear, todo aquello que prefiero no pensar, aunque intente evitarlo, al ver mi reflejo, puedo ver como espera pacientemente ser invocada. No es oscura y no da miedo, es, después de todo…mi propia imagen, es la muerte, transformada en mi mitad.
“El mayor miedo de la muerte ser recibida con una sonrisa”.
Cristina Soto